En Valladolid, ciudad grande en pinares y labrada historia, de hondo gusto por la cultura y arte, patria chica de Zorrilla, Delibes y Berruguete, de gentes con carácter a veces reservado y siempre pragmático, se encuentra el Centro Vedruna.

Un espacio abierto al servicio de la Buena Noticia, la interrelación y cuanto contribuya a la formación integral de personas y grupos propiciando el silencio y la palabra, el descanso y recogimiento, el encuentro y la búsqueda de trascendencia, el discernimiento y la toma de decisiones, la profundización y el compromiso.

Centro Vedruna … un lugar de encuentros con Alma.

 

No nos detengamos, volemos a la montaña más alta Joaquina de Vedruna (Ep 89)

 

A todas nos llegó la invitación del Rey para acudir al banquete de bodas de su Hijo (Mt 22, 1-14). Nos la hizo llegar por su siervo Internet invitándonos a hacer la inscripción a través de la nueva Web del Centro Vedruna que Reyes cuida con mimo.

banquete especial

Y le dijimos que sí, que contase con nosotras para la fiesta, por eso, el 17 por la noche ya estábamos allí. Éramos en total 21 comensales más las 4 anfitrionas y el equipo de la PVE que estaba  reunido esos días y participaba en lo que podía.

Y ¡que sorpresa!, cuando llegamos todo estaba ya preparado: Beatriz nos esperaba en la portería para repartirnos habitaciones y llaves, Teresita  y Loli en el comedor para ayudarnos a reponer nuestras fuerzas tras el viaje, y toda la casa dispuesta para que estuviéramos cómodas y disfrutásemos del lugar.

Luego, a lo largo de los días, nos dimos cuenta de que las anfitrionas Dolors, Laura, Puy  y Carmen, con la ayuda de Luica, habían dedicado mucho tiempo y energías a prepararlo todo y habían puesto mucho interés y cariño para que todo estuviera a punto y se sirvieran los manjares con esmero y a su tiempo.

Por su parte, la misma Carmen Maganto, Luica Villanego, Nuria, O´Callaghan, Teo Corral y Mirian Sanchez, prepararon cada una su plato con los mejores ingredientes que encontraron en el mercado y en su despensa interior.

Para empezar, Carmen nos sirvió un plato complicado, porque tenía verduras amargas de agravio y dificultades que  costaban digerir, y ya nos avisó que no era cuestión de tiempo, sino más bien de saber masticar despacio y acertar a sazonar con diálogo y perdón.

Zaqueo, a pesar de seguir en la higuera, también se enteró, y bajó a celebrar con nosotras la fiesta del perdón. Entonces Jesús nos sirvió su mejor vino y nos dijo: "Alegraos, que yo he venido a buscar y salvar lo que está perdido" (Lc 19,1-10)

Poco después, Luica, nos presentó un plato sencillo, mezcla de silencio y palabra, que luego completó Teo con unos ingredientes especiales que trajo de África. Pero ya nos avisaron que para prepararlo no vale cualquier silencio ni cualquier palabra, porque hay silencios y palabras que son indigestos y hacen daño mientras que otros son muy buenos para la salud, como aquellas palabras que regaló Jesús a la mujer  sorprendida en adulterio: "Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?... Tampoco yo te condeno" (Jn 8,1-11)

Y estábamos en plena fiesta cuando apareció Nuria, una mujer llena de vida y color  que nos recordó que las invitadas también podemos ser anfitrionas, y para que pudiéramos  preparar banquetes en nuestras comunidades y grupos nos dio una receta especial: Despertar fortalezas latentes en nosotras y en cada hermana.

"No basta con eso", dijo entonces Miriam, es necesario también que fluya la vida como el vino, la de cada una, y la de las demás, por eso nos enseñó a acariciar el aura, a llenar de belleza lo sencillo, como unas hojas o una ramita de lavanda, y a recordar que la vida es un continuo banquete en medio de imprevistos y rutinas.

"Sí, id y generad banquetes para que todos tengan vida y en abundancia, porque ese es el sueño de Dios", nos dijo Isaías (Is 25, 6-9)

Y con ese deseo, ensanchamos nuestra mesa para que se  sentasen junto a nosotras los más pequeños, los preferidos del Rey, y brindamos por la vida.

El ambiente era tan bueno que la sobremesa se alargó hasta muy tarde. A ratos conversábamos con las de cerca o en pequeños grupos, a ratos decíamos algo para todas, hablábamos tratando de escucharnos, queriendo aprender el arte del acompañamiento, porque lo veíamos necesario para hacer de la vida una fiesta.

Para cuando nos dimos cuenta ya se había ido el sol, porque como cada día tenía que madrugar. Y poco a poco, nos despedimos y nos fuimos también nosotras. Y con la resaca de todo lo vivido y el corazón agradecido emprendimos el viaje de vuelta a nuestras casas.

¡Ah!, ¡se me olvidaba!. Si a alguna de vosotras os llega la invitación del Rey, no lo dudéis, decirle que sí. A él le gusta que la casa se llene.

 

Mª José Laña